Valencia. Una niña mirando el dinero.
Crecí en un pueblo pequeño. Mi padre trabajaba de sol a sol, mi madre se dedicó entera a mí. No me faltaba comida, pero el dinero se miraba demasiado. Ropa de rebajas. Pollo si estaba en descuento. Aprendí pronto que apretar era lo normal.
A los cuatro años me pusieron gafas. Llegaron los motes, las burlas, los golpes. Yo sacaba matrícula de honor mientras volvía a casa llorando.
A los catorce me diagnosticaron escoliosis y me pusieron un corsé ortopédico con hierros hasta el cuello. Por fuera impecable. Por dentro completamente rota.
Aprendí dos cosas: a aguantar, y a observar. Dos habilidades que después se convertirían en mi oficio.






